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domingo, 24 de abril de 2022

Domingo II de Pascua - Domingo de la Misericordia

La incredulidad de Tomás - Caravaggio 1602
Palacio de Sanssouci - Postdam (Alemania)


Lectura de los Hechos de los Apóstoles 5, 12-16


Los Apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo.

Los fieles se reunían de común acuerdo en el pórtico de Salomón; los demás no se atrevían a juntárseles, aunque la gente se hacía lenguas de ellos; más aún, crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor. La gente sacaba los enfermos a la calle, y los ponía en catres y camillas, para que al pasar Pedro, su sombra por lo menos cayera sobre alguno.Mucha gente de los alrededores acudía a Jerusalén llevando enfermos y poseídos de espíritu inmundo, y todos se curaban.



Salmo 117

R. / Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón:
eterna es su misericordia.
Digan los fieles del Señor:
eterna es su misericordia.

R. / Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

La piedra que desecharon los arquitectos,
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Este es el día en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo.

R. / Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

Señor, danos la salvación,
Señor, danos prosperidad.
Bendito el que viene en nombre del Señor,
os bendecimos desde la casa del Señor;
el Señor es Dios: él nos ilumina.

R. / Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.




Lectura del libro del Apocalipsis 1, 9-11a. 12-13. 17-19

Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, 
en el reino y en la esperanza en Jesús, 
esaba desterrado en la isla de Patmos, 
por haber predicado la palabra de Dios 
y haber dado testimonio de Jesús.

Un domingo caí en éxtasis
y oí a mis espaldas una voz potente,
como una trompeta, que decía: 
Lo que veas escríbelo en un libro, 
y envíaselo a las siete iglesias de Asia.
Me volví a ver quién me hablaba, 
y al volverme, vi siete lámparas de oro, 
y en medio de ellas una figura humana, 
vestida de larga túnica 
con un cinturón de oro a la altura del pecho.

Al verla, caí a sus pies como muerto.
El puso la mano derecha sobre mí y dijo: 
–No temas, Yo soy el primero y el último, 
yo soy el que vive.
Estaba muerto, y ya ves,
vivo por los siglos de los siglos; 
y tengo las llaves de la Muerte y del Infierno.
Escribe, pues, lo que veas, 
lo que está sucediendo 
y lo que ha de suceder más tarde.




Lectura del santo Evangelio según San Juan 20, 19-31

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos.

Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
–Paz a vosotros.
Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
–Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
–Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos.
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
–Hemos visto al Señor.
Pero él les contestó:
–Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
–Paz a vosotros.
Luego dijo a Tomás:
–Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
Contestó Tomás:
–¡Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo:
–¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre.



Comentario

No nos puede sorprender que la Iglesia nos proponga la lectura de este Evangelio en el domingo de la Octava de Pascua. En él se nos explica la “relación” entre los discípulos y el Resucitado en dos apariciones. La primera tiene lugar “al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana” cuando sólo diez de los discípulos, asustados y encerrados, son testigos de la aparición de Cristo y reciben de Él el Espíritu Santo. De la misma manera en el momento de la creación “Yahvé formó al hombre con el polvo de la tierra; luego sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre tuvo aliento de vida”.

El encuentro con el Resucitado es siempre una nueva creación para el hombre por medio del Espíritu Santo. Y es a través de ese Espíritu Santo que la Iglesia recibe el ministerio de perdonar los pecados como nos recuerda el Evangelio de hoy.

La segunda aparición se realiza al cabo de ocho días, una semana más tarde, cuando los discípulos se reúnen de nuevo en el mismo lugar. Entre ellos esta vez también se encuentra Tomás, a diferencia de la vez anterior. Éste había desaparecido en el momento crucial, pero era el mismo que en la pasión de Jesús animaba a los otros discípulos para mostrar su solidaridad con el Maestro: “vayamos también nosotros a morir con Él”.

Estos dos días, el primero y el octavo, son el testimonio de que ya desde el principio los cristianos se reunían regularmente para encontrarse con el Señor Resucitado. De hecho el encuentro con el Resucitado no se da fácilmente en la soledad ni un solo día al año adornados con nuestras “mejores galas”. El encuentro con Cristo pasa por el testimonio de los Apóstoles y la comunión con la Iglesia que los tiene como fundamentos. Ni si quiera Tomás, que con tanta radicalidad le siguió en vida, se escapa a esta regla. El gran contacto con Cristo resucitado, incluso el tangible, puede ser experimentado con aquellos que se encuentran “congregados en un mismo Espíritu”. Y no se trata de ningún tipo de “solidaridad de clase”, sino de experiencia de la Iglesia, una Iglesia que no siempre puede ser perfecta pero que hace tangible en ella las llagas del Resucitado para suscitar la fe.

El problema de Tomás no es la duda de si Jesús se apareció o no, sino si sus compañeros apóstoles dicen la vedad o no, si en verdad han visto el Resucitado. El problema es fiarse de los hermanos. Muchas veces nuestro problema es más cercano al de Tomás de lo que podemos pensar; el problema es si reposamos o no nuestra fe sobre el testimonio apostólico de la Iglesia. Porque a través de él se nos ha transmitido el Resucitado. Quizás por esto Jesús hace inmediatamente la afirmación por primera vez en el Evangelio de “Bienaventurados los que creyeron sin ver”.

En la tradición de la Iglesia el octavo día es considerado otra vez como el primero, es como volver al principio, es como volver al paraíso. No sin razón por ello, ya en los tiempos antiguos, los nuevos bautizados en la noche de Pascua que eran revestidos con túnicas blancas las llevaban durante toda la semana, para experimentar en ellos la nueva creación, su nuevo renacer en Cristo por el agua y el Espíritu, su renacer a la verdad que los Apóstoles les habían retransmitido. Por ello este domingo es llamado domingo “in Albis” (en blanco) y es también para nosotros el comienzo de un nuevo viaje al paraíso…

sábado, 23 de abril de 2022

Sábado de la Octava de Pascua - 23-04-2022

Lectura del santo evangelio según san Marcos 16, 9-15

Jesús, resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando.

Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron.

Después se apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando al campo.

También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron.

Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado. Y les dijo:
«Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación».




Comentario

Tomar el relevo de Jesús no es fácil y origina incertidumbres. Imaginemos un atleta corriendo al frente del grupo y portando el testigo; llegado un punto del recorrido, será otro atleta el que siga corriendo en el lugar del otro, haciendo de todas las carreras una sola. Para que se dé esta unidad en la carrera y el equipo sea «un solo corredor», hay que entregar el testigo dando fe de que la sustitución se ha hecho de manera correcta. Todo el recorrido es un gesto de confianza en el otro.

Jesús, resucitado el primer día de la semana –dando un nuevo sentido a la vida que nace-, es el primer corredor confiado -en el Padre y en aquellos que le fueron encomendados- en la predicación del Evangelio y, por tres veces, tiene que entregar el testigo. Según el relato de Marcos, Jesús anuncia a María Magdalena que no está muerto, que ha resucitado, que vaya y se lo diga a sus compañeros; ante la actitud incrédula de éstos, el testigo cae al suelo. Después se aparece a otros dos compañeros y sucede lo mismo: la fe coge el testigo, la incredulidad lo deja caer. Por último, el mensaje se lo da directamente Jesús a los Once, a la vez que los reprende por su incredulidad y dureza de corazón. Esta vez no cae el testigo al suelo, sino que es asido con fuerza continuando la carrera: la predicación del Evangelio por todo el mundo a toda la creación.

En el relato hay un detalle que despierta la atención. El testigo -¡Jesús ha resucitado!- no cae al suelo cuando está presente la dimensión eucarística: los Once estaban a la mesa; seguramente, compartiendo el pan y el vino como en la última cena. Y es que en la Eucaristía es donde encontramos a Cristo, real y presente, renovándonos el testigo de la predicación.

Hoy, igual que ayer y mañana, acercarnos a la Eucaristía nos capacita para poder reconocer a Cristo resucitado, recoger su testigo y anunciar el Evangelio. Nos encontraremos limitaciones -propias y ajenas- y habremos de pasarlas predicando el Nombre de Jesús, quien nos escucha y salva.

viernes, 22 de abril de 2022

Viernes de la Octava de Pascua - 22-04-2022

Lectura del santo evangelio según san Juan 21, 1-14

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.

Simón Pedro les dice:
«Me voy a pescar».
Ellos contestan:
«Vamos también nosotros contigo».
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dice:
«Muchachos, ¿tenéis pescado?».
Ellos contestaron:
«No».
Él les dice:
«Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis».
La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro:
«Es el Señor».
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice:
«Traed de los peces que acabáis de coger».
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. Jesús les dice:
«Vamos, almorzad».
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.

Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.

Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.


Comentario

A veces nos empeñamos en ver las cosas desde una sola perspectiva. Es cuando aparece alguien en nuestra vida, a quien le reconocemos cierta autoridad, quien nos muestra el camino más adecuado y certero para comprender y reconocer cada acontecimiento.

Pedro y otros discípulos deciden ir a pescar. Están toda la noche, pero no encuentran nada. Hay alguien quien les indica que echen las redes hacia el otro lado, y es cuando encuentran un banco de peces abundante.

La vida no consiste en repetir una y otra vez los gestos que nos van a dar beneficios. No siempre la reiteración de los actos nos conduce al éxito. Nos hace falta un cambio de rumbo, un cambio de sentido. Cambiar la perspectiva de nuestra vida nos ayuda a mirar más allá, en profundidad y con fe, la posibilidad de encontrar lo que buscamos. Sin embargo, ¿qué es exactamente lo que buscamos? ¿Buscamos a Dios? ¿Buscamos realizar nuestra misión en las manos de Dios?

Fue el cambio de perspectiva, el echar las redes hacia otro lugar, lo que convirtió la pesca de infructuosa en abundante. Todo por una palabra del resucitado. Si observamos el texto del Evangelio de hoy, es la comunidad de discípulos, no Pedro sólo el que está llevando la misión de pescar. Mientras pescan empeñados en sus propias fuerzas, no consiguen nada; es cuando centran la mirada y escuchan al resucitado, cuando su pesca es abundante.

Es el discípulo a quien Jesús tanto amaba quien reconoce el gesto, la palabra, el milagro. La presencia del amor en él le hace afirmar “es el Señor”. Porque es precisamente en el amor donde se reconoce la vida.

En esta semana, acabando ya el octavario de la Pascua, encontramos que Jesús resucitado alienta nuestro caminar como creyentes, como una comunidad con una misión entre manos: la de vivir en unidad la alegría pascual, la de llevar la noticia de Cristo Resucitado, la de reconocer que es el Señor quien alienta nuestro trabajo.

jueves, 21 de abril de 2022

Jueves de la Octava de Pascua - 21-04-2022

Lectura del santo evangelio según san Lucas 24, 35-48

En aquel tiempo, los discípulos de Jesús contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice:
«Paz a vosotros».
Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. Y él les dijo:
«¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo».
Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo:
«¿Tenéis ahí algo de comer?».
Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo:
«Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí».
Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y les dijo:
«Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto».



Comentario

Los apóstoles no acababan de creer lo que estaban viendo sus ojos. Era cierto que Jesús, mientras estuvo con ellos, les había dicho que iba a ser entregado a las autoridades, que le iban a condenar, que iba a padecer y morir clavado en una cruz, pero que al tercer día resucitaría. Habían vivido con él, casi todos desde lejos, su muerte ignominiosa e injusta. Y ahí se habían quedado más que desconcertados. Pero el evangelio de hoy nos relata cómo se presenta ante ellos resucitado. Era demasiado sublime para creérselo: “Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma”. Y Jesús, con su paciencia habitual con ellos, trata de convencerlos de que es verdad, que ha resucitado. Les muestra sus heridas, les pide de comer… A partir de aquí, olvidándose del miedo, se vuelven testigos de la vida, muerte y resurrección de Jesús. Y a ello dedicarán es resto de sus vidas, sabiendo que es la mejor noticia que pueden ofrecer a toda la humanidad. “Vosotros sois testigos de esto”.

También a nosotros, los cristianos del siglo XXI, necesitamos que Jesús nos convenza de su resurrección y de nuestra resurrección, y que el único camino que nos lleva a ella es vivir como él vivió… para convertirnos en los testigos de la verdad de Jesús y de su buena noticia.

miércoles, 20 de abril de 2022

Miércoles de la Octava de Pascua - 20-04-2022

Lectura del santo evangelio según san Lucas 24, 13-35

Aquel mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos setenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana la sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria».
Y, comenzado por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.

Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.



Comentario

El episodio de los discípulos de Emaús, que vuelven de Jerusalén desencantados después de la tragedia de la cruz, nos habla elocuentemente de la profunda decepción que siguió a la muerte del Maestro. Jesús mismo, de incógnito, se une a ellos por el camino y provoca una animada conversación sobre lo sucedido y su relación con la Escritura. Ellos conocían la tradición de esa Escritura sobre el Mesías; incluso habían abrigado la esperanza de que éste se hubiera hecho presente en Jesús de Nazaret, pues fueron testigos de lo sorprendente de su persona. Pero, a la vista del desenlace de su vida, se habían desvanecido enteramente esas expectativas.

Entonces Jesús les ayuda a interpretar esa Escritura de acuerdo con el designio de Dios: ya la ley y los profetas hablaban de un Mesías así, sin triunfalismo ni brillo aparente, cuya misión se realizaría a través del sufrimiento y de la marginación. Y en el corazón de aquellos hombres, como reconocerían después, algo comenzaba a arder ante esas luminosas explicaciones. El posterior encuentro en torno a la mesa a la que invitaron al misterioso acompañante les abriría los ojos sobre su verdadera identidad: ¡era él, el Maestro, que ahora vivía! Les faltó tiempo para volver sobre sus pasos y compartir con los demás discípulos la asombrosa novedad.

Así, pues, una inquietud desconcertada, un diálogo ardiente sobre el sentido de la Escritura, un gesto de fraternidad en torno a una mesa compartida son el itinerario que conduce al descubrimiento, en la fe, de Jesús resucitado. También para nosotros es así: una búsqueda de la verdad, muchas veces a tientas, un recurso sincero a la Palabra de Dios y una convivencia fraterna en torno a la Eucaristía nos llevan al encuentro con el Señor resucitado y a la alegría de la fe compartida, que hace que desde lo profundo del corazón podamos gritar a los demás ¡Feliz Pascua, hermanos!

martes, 19 de abril de 2022

Martes de la Octava de Pascua - 19-04-2022

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 11-18

En aquel tiempo, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.

Ellos le preguntan:
«Mujer, ¿por qué lloras?».
Ella contesta:
«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».
Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice:
«Mujer, ¿por qué lloras?».
Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:
«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».
Jesús le dice:
«¡María!».
Ella se vuelve y le dice.
«¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!».
Jesús le dice:
«No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, ande, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”».
María la Magdalena fue y anunció a los discípulos:
«He visto al Señor y ha dicho esto».





Comentario

¿Cuantas veces ante la muerte de un ser querido no hemos vuelto al cementerio a llorar, a buscar un cierto consuelo porque allí le vimos por última vez? Así está María Magdalena, sin consuelo al comprobar que ni siquiera el cuerpo del Maestro está allí. Pensaría que era normal que los judíos se lo hubieran llevado ante el temor de su resurrección tantas veces anunciada.

Delante de ella se produce el prodigio de los dos ángeles en el sepulcro, incluso ve a Cristo y no lo reconoce. Su alma y su mente debían estar tan confundidas por el dolor que no alcanza a comprender lo que está viendo. Será cuando Jesús la llame por su nombre cuando caiga en la cuenta. Entendería todo lo que el Maestro les había dicho, su mente y su corazón se debieron abrir al momento y le reconoce ¡Rabboni! ¡Maestro! Y es que cuando Jesús te llama tu corazón arde. Luego le manda que vaya y le cuente a los hermanos lo que acaba de ver y María Magdalena será la primera en proclamar la Resurrección.

Ella vivió la alegría de proclamar que Jesús vive, que es verdad, que ha triunfado sobre el pecado y la muerte y que, por ello, hemos sido salvados. La promesa hecha a nuestros primeros padres se ha cumplido y hemos sido lavados con la sangre del Cordero. Nuestra Fe es de vida, de alegría, de luz. Adoramos a un Dios vivo, que está con nosotros en la Eucaristía, que no nos abandona.

Hace apenas tres días vivimos la Pascua y experimentamos el paso de las tinieblas a la luz y ahora somos como antorchas encendidas, es nuestra obligación alumbrar al mundo y trasmitir la Buena Nueva: ¡Cristo ha resucitado, aleluya! ¡El Señor nos ha llamado a todos y cada uno de nosotros por nuestro nombre!

lunes, 18 de abril de 2022

Lunes de la Octava de Pascua - 18-04-2022

Lectura del santo evangelio según san Mateo 28, 8-15

En aquel tiempo, las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos.

De pronto, Jesús salió al encuentro y les dijo:
«Alegraos».
Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él. Jesús les dijo:
«No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».
Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido. Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles:
«Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Y si esto llega a oídos del gobernados, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros».
Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy.



Comentario

El relato anterior a este texto impresiona: Son dos las mujeres, María la Magdalena y la otra María, las que fueron a ver el sepulcro. Tiembla la tierra y aparece un ángel, que mueve la piedra del sepulcro y se sienta en ella. Un ángel que Mateo lo describe como “un relámpago vestido de blanco como la nieve”. El ángel les anuncia la resurrección, les dice que comprueben que el sepulcro está vacío, “e id aprisa a decirles a sus discípulos "ha resucitado de entre los muertos y va delante de vosotros a Galilea". Es al ir a cumplir ese encargo del ángel cuando el mismo Jesús “les sale al encuentro”, y les ordena lo que habían oído del ángel…

Las mujeres que no tienen mayor protagonismo en la vida de Jesús, como seguidoras de él, son las encargadas de comunicar a sus inmediatos discípulos, los apóstoles, su triunfo sobre la muerte, la verdad esencial de nuestra fe. El primer anuncio de la presencia de Jesús en nuestra historia, lo recibió María, la madre, que lo concibió. El primer anuncio de la resurrección lo recibieron María la Magdalena y la otra María, las amigas de Jesús. Serán las primeras testigos y las primeras que predican el triunfo sobre la muerte del Maestro.

Pudieron hacerlo centinelas que estaban vigilando el sepulcro. Pero lo que hicieron fue comunicar lo que presenciaron a los sumos sacerdotes. Estos no sólo no creyeron, tomaron medidas para que nadie creyera. Y apareció el dinero de nuevo, como en el caso de Judas, para traicionar la verdad.

Una simple reflexión: La fe exige estar dispuesto a creer. Cuando no interesa creer se utiliza el medio que sea para ello. Y se paga para que otros no crean, a base de comprar a los testigos que podían testimoniar la verosimilitud de la fe. El dinero tiene un gran poder. Lo tuvo. Lo tiene, la autenticidad de nuestra fe, nuestra propia autenticidad no pide estar alertas...